El 12 de junio de 2026 debíamos llegar a nuestro primer voluntariado. Estábamos en Valencia y la única manera posible de llegar al pueblo destino era en ómnibus. No fue posible. No nos permitieron subir con Numa, salvo que fuese en un transportín y en bodega. Lo cual no sucedería ya que no estamos viajando con transportín, ni la iba a someter a un viaje en bodega de dos horas en pleno verano.
En Uruguay, Numa viajó durante mucho tiempo en ómnibus y en bodega, porque era la única opción de movernos que teníamos. Siempre me aseguraba de viajar en horas que la temperatura no fuese un problema, tanto en verano como en invierno. Y, de hecho, ella hizo todos esos viajes sin problemas. Pero esta vez, las condiciones no estaban dadas.
Taxi y billetera mediante, llegamos a destino. Habíamos aterrizado en Madrid desde Uruguay hacía cuatro días con un resfrío descomunal. El cambio de clima, la liberación de todo el estrés y los nervios por concretar la aventura estaban pasando factura.
Uno de los motivos por los que tomé la decisión de hacer un cambio radical en mi vida es porque me sentía presa en la oficina. Sí, presa. El encierro me estaba ahogando. La ciudad me abrumaba cada día más. Necesitaba estar al aire libre, actividades que implicaran pasar tiempo en la naturaleza. Y llegamos a la casa de esta señora, que ha creado su isla (como ella la llama) de modo tal que la vida puede transcurrir 100% afuera. Rodeada de montañas, ella creó un paraíso verde en el que caminara por donde caminara encontraba un rincón acogedor para sentarme a leer un libro, para escuchar a los pájaros, para contemplar la naturaleza. Solo se duerme adentro, el día completo transcurre al aire libre. Sí, inclusive ducharse.
Llegamos a la isla al atardecer, nos esperaba ansiosa y con algo de tomar. Una mesa servida en su patio y las luces tenues de la noche. Fue un abrazo sin necesidad de brazos. Si hubiésemos planeado elegir un lugar con la mayor calidez posible para tener nuestra primera experiencia de voluntariado, no hubiésemos sido tan afortunados con la elección.
“Yo cocino, ustedes lavan” fue la única regla que nos puso. Regla esencial de la vida que de hecho siempre he aplicado.
El día comenzaba con un desayuno que no tenía nada que envidiarles a los buffet. El sol iba de a poco saliendo atrás de la montaña mientras charlábamos sobre diversas cuestiones de la vida. No había urgencia. El tiempo era el necesario para permitirnos saborear cada alimento sobre la mesa, para dar cierre a cada tópico que se generaba.
Nuestra anfitriona es una mujer que le encanta compartir con personas nuevas, intercambiar puntos de vista, anécdotas, filosofar sobre la vida. Una mujer sabia que tiene la capacidad de escanearte el alma. No se le escapa un detalle. Y nos abrió las puertas de su casa de una forma tal que me hizo sentir cómoda desde el primer instante.
El acuerdo en este voluntariado era que ella nos ofrecía alojamiento y todas las comidas a cambio de cinco horas de trabajo al día y dos días libres a la semana. Realmente, aun dando todo de nuestra parte y cumpliendo con lo acordado, sentíamos que estábamos en deuda. Porque cuando nos dijo “yo cocino, ustedes lavan” no nos esperábamos que fuese la cocinera que es.
Comida casera, sabrosa, creativa y con entusiasmo, con amor. Era muy fácil percibir cómo disfrutaba hacer cada uno de los manjares que probamos. Siempre acompañados de una copita de vino o de un verdadero tinto de verano preparado también por ella.
Al otro día de haber llegado, nos propuso que saliéramos en bici a conocer la zona y en la tarde nos daría un paseo por uno de los pueblos cercanos. Descubrimos no estar en tan buena forma como creíamos ante el primer repecho de montaña que se nos presentó. Sin embargo, no había opción de rendirse y seguimos camino hasta la laguna. Agua verde resguardada entre las montañas y una paz que te regeneraba el alma. Un par de mates por allí y emprendimos la vuelta en bajada, disfrutando del aire en la cara y de la adrenalina por la velocidad natural que se generaba.
“Nos vamos” dice ella y le saca el cobertor al Renault Megane azul del 2008. Apenas atravesamos el portón, se detiene y accionando un par de botones el techo comienza a abrirse y plegarse. Acto seguido le pide ayuda a nuestra compa de voluntariado para buscar en su guantera un CD en particular. Lo mete en la disquera del auto y con la voz de Mariza sonando empezamos a movernos.
Tristán, que fue el primero en subirse al auto ni bien abrimos sus puertas, iba en el asiento de atrás entre Lea, Numa y yo. Levantando su hocico para alcanzar el viento que le volaba todo su flequillo y barbilla. Tiene ojos color miel y el pelo largo blanco y marrón claro. De mirada intensa y dulce, Tristán es de esos compañeros que le gusta estar a tu lado pero sin que lo toques demasiado. Es hijo de Cala, una perrita que nuestra host encontró casi desnutrida en el campo hace casi trece años, a la que no le gustan nada los paseos en auto. Ambos, no le pierden pisada a nuestra anfitriona. Siempre atentos a cada movimiento de ella y asegurándole que están ahí para acompañarla.
Como voluntarios, nuestro deber fue ayudarla a restaurar unos sillones de madera que tenían un significado especial. Un juego de living que imponía presencia con sus enormes piezas, y con un diseño de mucho trabajo en sus respaldos. Lijarlos, sacar toda la silicona vieja, volver a colocarles silicona nueva, pintarlos y luego barnizarlos. Una semana para lograr el objetivo. Lo vimos fácil, hasta que empezamos a hacerlo. “No hay como hacer el trabajo para entender el valor que tiene” dice el dicho.
Los días transcurrían y nosotros seguíamos intentando liberar cada recoveco de los respaldos de la pintura vieja y suelta. Entremedio, ella nos sorprendía cada día más con el plato que nos esperaba en la mesa, tanto en el almuerzo a la sombra de los árboles, como en la cena a la luz de las estrellas. Ni hablar de las tertulias interminables por las que perdíamos la noción del tiempo y nos íbamos a dormir a la una de la mañana. “Hoy cenamos y dormimos temprano” decíamos cada día, nunca lo cumplíamos. Por suerte.
Al atardecer, salíamos a caminar por los caminos vecinos. Las montañas entrelazadas, el sol que se escondía tras ellas. La calma del entorno. Numa, Cala y Tristán cada cual a su ritmo, nos seguían el paso.
“Cuando era niña pasaba mucho tiempo en la casa de mi tía. Recuerdo dormir la siesta en estos sillones. Los amaba. Hace unos años me llamó para decirme que me los mandaba por barco. Quería que yo me quedara con ellos. Ella sabía que sería un gran recuerdo para mí, de mi infancia, de ella.” Solo podía pensar en eso mientras veía que nos quedaban dos días y mucho trabajo pendiente. No podíamos irnos sin terminarlos.
Por unanimidad, decidimos que ese día trabajaríamos hasta terminar de pintarlo. Sin importar las horas que nos llevara. De manera que, al otro día, nuestro penúltimo día completo en la isla, quedara solo la tarea de barnizarlos. Luego de descansar y hacer la digestión en alguno de los tantos rincones cómodos y verdes, continuamos el trabajo. Cuando creíamos terminar, cambiábamos la perspectiva y allí estaba, ese pedacito diminuto entre el tallado que aún no estaba lo suficientemente blanco. Seguíamos. Hasta que el sol empezó a hacernos notar que se iba terminando la tarde.
La mañana siguiente, finalmente, dimos el último paso. El barniz.
Nuestra anfitriona tiene un ritual con todas y todos los voluntarios que por allí pasan: enseñarles a preparar una verdadera paella valenciana. Ella va dando el paso a paso, y la persona va ejecutando. “Hay que empezar la paella” dice, mientras los tres dábamos los últimos pincelazos. Así que enviamos a Lea como encargado de la ejecución en la cocina mientras nuestra compa y yo terminamos los detalles que quedaban en los sillones y ordenábamos el caos artístico que había en el patio.
Los volvimos a colocar en su lugar y todo tomó forma. Muy lejos de ser unos restauradores profesionales, muy lejos, pudimos hacer un buen trabajo. Y lo importante, al parecer, es que ella quedó contenta con su imponente juego de patio en un reluciente blanco. Volvía a tener vida.
Comiendo la paella desde la propia paellera, deleitándonos con tantos sabores en nuestra boca y observando el trabajo hecho, nos empezábamos a despedir. Justo ahí, en ese momento en que todo ya me resultaba tan cotidiano. Cuando empezábamos a sentirnos amigas y amigos de toda la vida, tocaba despedirse.
Qué difícil puede llegar a ser el camino por delante, después de toparme con una experiencia tan extraordinaria. Cómo haría para recalibrar las expectativas de nuestros próximos voluntariados después de semejante conexión. Estaba desbordaba por la gratitud.
Debíamos dejar la isla a las ocho de la mañana para llegar a tiempo a nuestro tren, el que nos llevaría a nuestro próximo destino. Una vez más, desayunamos en grupo, con la calma de todos los días. Dejando apenas asomar la nostalgia sobre la mesa.
Esta vez el abrazo fue de brazos. De brazos apretados y ojos empañados.
Bajo la mirada de Cala
Me gusta dormir en el sillón de afuera. Bajo el porche. El almohadón ya tiene mi forma y me queda tan cómodo. Además, el sol me despierta al salir frente a mí. Aunque la montaña me da una hora de ventaja para dormir un poquito más.
De todas maneras, mi día comienza cuando ella abre la puerta. Esa es la señal de que un pocillo con leche me espera en la cocina. Ahí justo al final del corredor.
Mi hijo es más mimoso, a veces se le escurre entre sus sábanas. Yo lo dejo. Sé que la está cuidando y yo duermo más tranquila. Estoy atenta, pero tengo mis años. Ya no soy tan ágil como antes, aunque nadie lo nota, salvo que ella mencione los años que tengo.
Prepara el desayuno y nos sentamos afuera. Yo de un lado, mi hijo del otro. Uno a la vez vamos recibiendo nuestra porción de tostada con queso crema y un trocito de jamón serrano recién cortado. Me gusta tanto que no puedo ni pensar en saborearlo, necesito comerlo tan rápido como pueda. Mi hijo, sin embargo, tiene esa habilidad. Lo come lento, bocado a bocado. Yo lo envidio un poco, porque mientras él lo sigue degustando a mí me gana la ansiedad por la segunda ronda.
Las siestas de la mañana son al lado del estanque que hay a uno de los costados de la casa. Está tranquilo, hay mucha sombra y las ranas aún no empezaron con el chismerío intenso.
Cerca del medio día me acerco al frente de nuevo. Controlo que todo esté en orden, paso a saludarla, ver si está bien. Relojeo a mi hijo de lejos, sin que se dé cuenta. Con todo bajo control, voy por mi segunda siesta bajo el árbol de albaricoques. Dicen que ronco. En realidad, emito ese sonido para que crean que no estoy lo suficientemente atenta, cuando en realidad sí. Más que nada cuando ella tiene visitas. Esas personas que se mueven con ella y rondan la casa algunos días.
Para la hora del almuerzo, sin hacer mucho alarde, me ubico en mi lugar. Cerca de la mesa. Lista para deslumbrar con mi audacia si es que algo se cae de ahí arriba. A veces tengo suerte y simplemente me lo ofrecen. Muy pocas. Ella dice cuidarme del sobrepeso por mi espalda. En mi opinión, tengo bastante margen, no sé por qué tanta preocupación.
Las siestas post almuerzo son las mejores. Ella descansa en su cama, mi hijo se escabulle entre los helechos para dormir profundamente. Toda la casa queda tranquila. Duermo profundo.
Me despierta el ruido del agua. Es ella regando su isla. Nuestra isla. Voy a mi sillón un rato y contemplo la tarde. Hasta que llega el momento del que siempre trato de huir: la caminata por la montaña. ¡Qué pereza! ¡Si estamos tan bien acá! Mirá los colores del cielo, no necesitamos salir. Y ahí la veo, llamándome desde el portón. Mi hijo ya adelante, impaciente por empezar el paseo. Les doy el gusto, me levanto y salgo.
¡Uy! Hay algo acá, a ver. Me meto entre los arbustos. “¡Cala! ¡Cala!” escucho a lo lejos. “¡Vamos mi niña! ¡Vamos Calita!” ella ya sabe que no me resisto a ese tono de voz. Apuro mis patas a todo lo que pueden responder y los alcanzo. Estamos en la cima. Es verdad, todo es aún más lindo desde acá.
Ella hace sus saludos al sol y yo descanso llenándome un poquito más de vitalidad.
Dicen que si hago la equivalencia de mis años a años humanos, ella y yo tenemos casi la misma edad. Pensar que podría haber muerto a mi corta vida. Ella me salvó. Ella me vio y desde ese día no hemos dejado de mirarnos.
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Todas las fotos de la experiencia las encontras en mi instagram 🙂

