Los días se agotaban al aire libre.
Surfeando charcos, descubriendo rincones, acariciando animales.

Me apodaron La Pipia antes de nacer. Sin embargo, ese apodo quedó anclado a un tiempo pasado.
De hecho, yo misma creía haberlo olvidado. Llegué a pensar que no era más que un recuerdo tierno de quien supo ser mi compañero de juegos y tardes. La persona que me dio este apodo.

Son varios los años ya en la búsqueda y el compromiso de volver a conectar con esa parte de mí que había quedado desplazada.

Consciente y agradecida de todos mis privilegios, haciéndome cargo de ellos, he estado en la búsqueda de aquello que aún no termina de aparecer.

La Pipia es de mis niñas la que aún busca encontrarse con su versión adulta.