El viento traslada el frío que penetra hasta los huesos. La ola rompe fuerte contra la orilla, a la vez que genera una sensación de calma, relajando cada uno de mis músculos. Estoy parada sobre la arena gruesa de la playa “El Doradillo”, a metros de la orilla. Y allí están, justo antes de que se arme la ola. Respiran y es deslumbrante. El aire sale con la fuerza y el sonido de un compresor en acción. Inmediatamente después, el agua se expulsa en forma de V por los dos espiráculos, cerrando el espectáculo. Sus crías juegan junto a ellas; se giran como quien hace la plancha sobre el mar, y así reciben mimos de sus bebés. Puerto Madryn es refugio para la reproducción de las ballenas australes que llegan allí cada junio. Sus aguas tranquilas les permiten criar y educar en paz a los ballenatos durante los primeros meses de vida. Ese periodo inicial es clave para que las crías aprendan cómo sobrevivir en las aguas profundas durante los próximos 100 años. Doce meses de conexión interior durante la gestación, más seis o siete meses de conexión exterior durante el amamantamiento.

Doscientos kilómetros más al sur, se encuentra Punta Tombo, la mayor colonia del mundo de pingüinos de Magallanes. A partir de setiembre, comienzan a llegar los machos y luego las hembras, que serán cortejadas para iniciar la etapa de apareamiento. La pareja se encuentra año a año y permanece allí de seis a ocho meses. En octubre, excavan la tierra para crear su nido y se dedican a la par durante cuarenta días, a incubar los pichones que nacerán a fines de noviembre y principios de diciembre. Madre y padre se turnan para cuidar del nido, y pueden llegar a bucear hasta 600 km de la costa en busca de anchoítas, calamares y otros peces.
Si bien son especies diferentes, tienen una amenaza en común: la gaviota. La sobrepoblación de este animal, a causa del incremento de basurales y plantas pesqueras, ha desencadenado un cambio en su dieta. Desde los años noventa esta ave incorporó la piel de las ballenas en su alimentación. ¿Acaso solo para mí la imagen de la gaviota posada sobre la ballena significaba un momento inocente? Quién diría que un mamífero de dieciséis metros de largo y de hasta cuarenta toneladas puede sufrir por un ave que pesa un poco más de un kilogramo. Durante mi visita a Puerto Pirámides empaticé con el dolor que sintió una de las gigantes del mar ante el picotón de una gaviota. La mamífera disfrutaba, junto a su cría, de estar sobre la superficie hasta que el ave se posó sobre ella y, tras unos segundos, clavó su pico amarillo sobre la piel del cetáceo. El dolor se tradujo en un movimiento brusco, arqueándose de tal forma, que el lomo se sumergió mientras su cabeza quedaba totalmente fuera del agua, así como su cola. Este es el comportamiento que la ballena austral desarrolló para liberarse del sufrimiento. Mientras tanto, el ballenato ingenuo aún, ya estaba tomando lección sobre cómo comportarse ante dicha amenaza.
Para los pingüinos de Magallanes, el riesgo no es sobre ellos, sino sobre sus huevos y sus pichones recién nacidos. Si bien la gaviota siempre fue un depredador conocido por esta especie, la sobrepoblación que han experimentado, derivó en un aumento en los ataques a los nidos. Problema que se visualiza claramente cuando las ves sobrevolar en manada las 210 hectáreas de Punta Tombo.
Tanto las ballenas como los pingüinos están de paso por las costas de Chubut. Durante noviembre y diciembre comienza la migración de los gigantes adultos, salvo las madres con crías aún pequeñas, que lo harán a fines del verano austral. A esa altura, la cría ya se alimenta sola y está fuerte como para emprender la migración hacia las aguas más frías y abiertas del Atlántico Sur. El momento de separarse para siempre de su madre ha llegado.
En cambio, en los pingüinos, las crías tienen su primera experiencia migratoria junto a sus padres. Para enero y febrero, las crías ya cuentan con un plumaje juvenil que les permite hacer las primeras aproximaciones al mar. Será para marzo y abril que logren nadar y alimentarse solos, determinando que están listos para emprender la migración hacia aguas más cálidas, como lo son las de las costas de Uruguay y Brasil.

Estos dos puntos geográficos, junto con la Península Valdés, son claves para la investigación, estudio y seguimiento de la fauna marina. Las ballenas australes tienen una característica particular que funciona como una huella digital: parches de piel engrosada y rugosa que aparecen en la cabeza, alrededor de los ojos, en la mandíbula y en la parte superior del rostro. Están colonizadas por pequeños organismos llamados cianófagos (piojos de ballena) y balanos (crustáceos), que les dan un tono blanquecino o amarillento. Cada una tiene un patrón único e irrepetible, permitiendo a los científicos identificarlas año a año por estas zonas.
Si bien los pingüinos también tienen un diseño único en la franja negra del pecho y presentan manchas particulares en la cara y el cuello, identificar a cada individuo por esas referencias, requiere de una observación muy minuciosa. Algo a favor, es que el pingüino de Magallanes vuelve año a año al mismo lugar para reproducirse, es monógamo (mientras ambos integrantes de la pareja vivan) y el lugar donde hacen el nido suele mantenerse. De todas formas, solo a los efectos científicos, se les puede llegar a colocar anillos o microchips para facilitar su seguimiento.
En Puerto Pirámides y Punta Tombo me sentí por primera vez una visitante del mundo natural, una observadora a la merced y cuidado de las especies. Simplemente posarme allí, armarme de paciencia y contemplar cómo cada animal se desenvuelve libre. Ambos lugares apuntan fuerte a la conservación de las especies y si bien dan lugar al ser humano, se hace desde un lugar de cuidado profundo priorizando siempre la tranquilidad de los animales y guardando cuidado de que sea la naturaleza misma la que determine el equilibrio.
Recuerdo la sensación de plenitud al ver las ballenas tan cerca de mí, escuchar su respiración, ser espectadora de las danzas entre madre y cría. Lo inexplicable de caminar entre miles de pingüinos y ser testigo del compañerismo y compromiso que tienen como especie ante su reproducción. Llegué a tener la ilusión esperanzadora de que existían lugares en los que el ser humano se entiende como mero visitante y respeta ese rol. Pero no, mientras recorría el sendero de madera (dispuesto como única vía de circulación para las personas) y donde el ritmo del tránsito es determinado por los pingüinos, vi cómo una pareja de turistas se salía del camino y sacaban su dron con el cuidado de no ser vistos por el guardafauna, ya que es un elemento prohibido en el lugar por lo molesto que puede resultar para las aves que están anidando. ¿Por qué somos tan egocéntricos? ¿Cuál es el límite de la banal ambición de lograr una imagen exclusiva a costa de vulnerar espacios naturales y animales para obtenerla? ¿Por qué nos es tan complejo respetar el orden y tiempo de la naturaleza, de los animales?
Observar el ritmo armónico con el que madre y cría se trasladan por el mar, la fuerte conexión que generan mediante el contacto físico y el juego. La comunicación sensorial entre los pingüinos, generando esos alaridos únicos para reconocerse entre ellos. La resiliencia de ambas especies ante los cambios ambientales ocasionados por el comportamiento humano, generándoles nuevas amenazas constantemente. Todo esto me reveló que tener la capacidad de contemplar la naturaleza con paciencia no es un regalo que nos hacemos, sino un privilegio que debemos honrar con respeto.

📍Playa El Doradillo, Puerto Madry - Argentina

📍Punta Tombo, Chubut - Argentina

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