Cada vez que sonaba el despertador no quería levantarme. Me pesaba el cuerpo. Mi cerebro vivía en alerta escapando del león que no existía. ¿Para qué? ¿Qué de todo eso estaba dejando una huella? ¿En qué estaba contribuyendo? Sí lo sé, muy existencialista. Pero eso picaba mi sien todos los días cual pájaro carpintero.
Hace un par de años me senté conmigo misma y tuve esa conversación incómoda que venía evitando: aceptar que la vida que tenía me estaba consumiendo.
Me generaba ansiedad pensar en crear una vida que luego fuese mi propia cárcel. Una vida que se pareciese a una rueda de hámster, donde no se puede parar porque deja de funcionar. Las palabras del Pepe Mujica que tenía escritas en la pizarra de mi cocina hacían eco cada vez más fuerte:
“Si no te planteas un objetivo o una causa, la sociedad de mercado te va a encuadrar, y te vas a pasar la vida pagando cuotas”
En cada nota o entrevista que él mencionaba esto, hacía la aclaración de que no se refería a causas como salvar el mundo, sino a esa causa u objetivo que se convierte en el motor de tu día a día. La que sea que te enciende, te mueve, te motiva. La que te hace sentir vivo.
Ignorar ese malestar ya no era una posibilidad, así que tomé la decisión: renunciar a mi trabajo, vender todas mis cosas y quedarme con una mochila. Bueno, y alguna cosita más. El plan: construir una nueva vida.
Una sola cosa podía boicotear la idea. Y era mi mayor miedo. Aun sintiéndome entre la espada y la pared, o más bien, entre lanzarme al vacío o hundirme por completo.
A los 23 años había terminado mi carrera universitaria. A los 28 había hecho un posgrado. Trabajé durante 15 años en todo lo que tiene que ver con mis estudios. Si ya no es el camino que quiero seguir ¿qué hago entonces? ¿quién soy si no soy la contadora?
Jamás me lo había preguntado. De hecho, ni siquiera sé el motivo por el cual hice la carrera que hice. No es que me arrepienta, simplemente no sé cómo llegué ahí.
Ese fue mi punto de partida, descubrir quién soy, qué me gusta, qué disfruto, en qué soy naturalmente buena. Un camino que en verdad ya había comenzado años antes cuando decidí empezar terapia. Solo que no tenía esa premisa per se, pero que sin dudas es parte de este proceso.
Fueron tiempos de mucho autoconocimiento, de sacar afuera todo lo que incomodaba y a partir de eso regenerarme. Descubrirme. Sin embargo, las excusas para hacer el movimiento seguían apareciendo. “Cuando tenga todo resuelto”, “cuando consiga un trabajo remoto que me pague bien”. Y el tiempo seguía corriendo.
“Si no pongo una fecha, no va a suceder” me dije, mientras el miedo afilaba sus colmillos.
En el medio de esa lucha conmigo misma, algo inesperado sucedió. Conocí a alguien que tenía en su mente el mismo plan. Alguien que estaba atravesando el mismo dilema existencial de tener una vida con todos los privilegios, pero un tanto vacía.
Por primera vez, alguien me entendía 100%. Alguien me leía la mente, o simplemente, verbalizaba su situación y yo me veía totalmente reflejada en ella.
Ahora el tiempo corría mientras uníamos las ganas y las fuerzas para que el plan dejara de ser un sueño. Sin excusas, sin peros y sin trabas todo tomó una velocidad surreal. De repente el plan que iba a ejecutar sola transcurría entre dividir los pendientes, recordarnos el objetivo uno al otro cuando el cansancio ganaba, reírnos en medio del caos y atravesar juntos los nervios. No es que no lo fuese a lograr sola, de hecho, desde muy chiquita aprendí a ser autosuficiente, al nivel de confundir “ser independiente” con la necesidad de ser vista por lo bien que resolvía todo sola. Comportamiento que, a lo largo del tiempo, pasa factura. Me ha llevado años aceptar que todo se suaviza un poco más cuando es de a dos, cuando te animas a pedir ayuda y aprendes a recibirla.
Con el plan en marcha, muchas herramientas bajo el brazo, o más bien en el cerebro, pero sin nada concreto para que nos generara ingresos en el corto plazo, comenzamos a investigar sobre las posibilidades de viajar haciendo voluntariados. En cualquier rincón del mundo, con la actividad que se te ocurra y con diversas posibilidades de intercambio, descubrimos que podíamos ir moviéndonos, ofreciendo horas de trabajo por estadía y comida. Conocer personas locales, hacer tareas manuales, ayudar y ser parte de proyectos de personas, familias o emprendimientos nos motivó aún más. Sobre todo, por el hecho de ver un impacto inmediato y real de nuestros esfuerzos y tiempo. Una forma también, de resetear nuestra mente del multitasking y devolverle al cerebro su ritmo normal.
El 11 de enero de 2026 sacamos pasajes, un mes exacto después comuniqué mi renuncia y al 17 de mayo, a menos de un mes de irnos, ya teníamos los voluntariados que nos aseguraban estadía hasta mediados de agosto.
Hoy a casi dos meses de estar viajando, miro para atrás y tengo la sensación de que todo pasó muy rápido. Y a la vez, pienso en aquel 11 de enero cuando sacamos los pasajes y parece que pasaron siglos. Ha sido un camino largo, profundo e intenso hasta acá. Muchas horas de preparación, de ejecutar listas y listas de tareas. Un proceso que ha demandado gran parte de mi tiempo en estos últimos años, y también dinero. Ni hablar de lo que implicó vaciar una casa mientras seguía viviendo en ella y ver cómo toda una identidad iba quedando atrás, cómo una versión de mí moría.
No hui de mi hogar, simplemente necesitaba moverme. Salir de mi zona de confort. De mis ámbitos conocidos. Ponerme en jaque para dejar atrás las excusas y de una vez por todas, como dice @untonga__, “crear lo que queremos”.

No fue una decisión de un día para el otro. Fue el cierre de un ciclo que hace tiempo pedía reestructurarse. Y me tenía tanto miedo a mí misma, de autoboicotearme, de hacerle caso a esa vocecita que te susurra que estás loca, que nada va a salir bien, que cómo lo iba a lograr, que era imposible. Que conté la noticia a mis amigas, amigos y familiares cuando ya tenía todo listo. Cuatro meses antes del inicio de la aventura.
No recibí ni una sola reacción negativa. Todo lo contrario, tuve el apoyo y el aliento que necesitaba. Las palabras y los abrazos que me traje conmigo. Hasta me sorprendió la cantidad de veces que me dijeron “qué valiente”. Tenía tan incorporado el proceso del cambio que estaba ejecutando, que había perdido la dimensión del movimiento. Por suerte, me lo remarcaron.
No tengo idea hacia dónde iré, o más bien, qué desencadenará todo esto. Sin embargo, es la primera vez en mis 36 años (casi 37) que me siento tan tranquila en tanta incertidumbre. Es la primera vez que me siento libre. Y también, de las primeras veces que estoy orgullosa de mí.
Lo soñé, lo planeé y lo ejecuté.
Aplasté ese GRAN miedo, fallarme a mí misma.
