“Flor, están publicados los resultados de Finanzas” dice el SMS. Mi cuerpo se paraliza y escucho cómo bombea mi corazón. Giro mi cabeza, mi amiga duerme en el sillón. Me levanto sigilosamente y salgo en busca del primer ómnibus que me deje cerca de la Facultad. Son las tres de la tarde. Las conversaciones entrelazadas me apabullan y el tránsito montevideano parece ser el de diciembre, pero es febrero. Me bajo. Camino a paso firme. Entro y me abraza el aire fresco que corre por el antiguo Hospital de niñas y niños Dr. Pedro Visca. Ya estoy frente a las listas con los resultados del examen. Mi dedo índice recorre hacia abajo la hoja buscando mi apellido, ahí está. Respiro hondo intentando desacelerar mi corazón que va a la velocidad de un F1. Mi dedo ahora se mueve hacia la derecha buscando la palabra mágica: APROBADO. Es 25 de febrero de 2013, me recibí, soy Contadora Pública.
Ese momento tan ansiado de levantar el trofeo del esfuerzo y la constancia estaba sucediendo. Cinco años después había llegado a la meta.
Hoy, parada en el camino, miro atrás y me doy cuenta de que la facultad me ofreció mucho más que una profesión. Me regaló amistades y me facilitó vivir la experiencia más transformadora de mi vida: salir al mundo.
En Uruguay, desde los años cincuenta, la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República abre llamado para crear los “Grupos de Viajes”. Consiste en reunirse semanalmente con cuatrocientas o quinientas personas durante un año y medio para organizar un viaje de varios meses. Un viaje que, en realidad, comienza desde la primera asamblea.
En mi caso, participé 32 días del viaje académico, pero viajé un total de 127 para recorrer dieciséis países. Los días “no académicos”, los compartí con diez personas más. “Hola Mundo”, nuestro subgrupo, surgió de un rejunte, como decimos acá en Uruguay, entre personas con las que ya mantenía una amistad, otras que eran amigas de esas amistades y otras que para ese entonces eran desconocidas. Hoy, diez años después, somos un gran grupo de amigas y amigos que hace lo posible por reunirse año a año para seguir compartiendo.
El 22 de marzo de 2015, un domingo de cielo cerrado en Montevideo, entre voces entrecortadas por la emoción, abrazos largos y con la arenga digna de una hinchada barra brava formada por el grupo de familiares de “Hola Mundo”, atravesamos la puerta del aeropuerto. En mi mano, apretaba una imagen de la virgen que me dio una de mis hermanas. “Hace tiempo ya que el catolicismo no es parte de mi vida” pensé mientras la observaba. Sin embargo, cerré fuerte mi mano y guardé aquel sticker.
Por primera vez me subo a un avión. El cuerpo se me pega a la butaca por el despegue. Atravesamos el umbral de nubes y el sol me obliga a cerrar los ojos. Los abro lentamente y noto que floto sobre un colchón de nubes. Un portal se había abierto y no lo sabía. Un mundo desconocido me esperaba y me demandaría presencia.
La relatividad del tiempo hizo que en mi vida el 23 de marzo de 2015 no exista. Despegué un domingo, viajé 16 horas y arribé en Auckland un martes.
Para inaugurar el viaje, sucedió lo tan temido: una valija no llegó a destino. Ceci debió sobrevivir los tres días destinados a recorrer la isla norte de Nueva Zelanda con la muda de ropa que muy inteligentemente todas y todos habíamos puesto en la mochila que iba en cabina.
No es simple convivir 24/7 con personas que no conoces en profundidad. Sin embargo, ya con dos días enteros de viaje, todo fluye. Cada cual va tomando su rol dentro del grupo y somos como un gran engranaje que una vez encastrado, marcha a ritmo sostenido y tranquilo.
Es 26 de marzo de 2015, son las tres de la mañana y tenemos varios puntos claves por resolver dentro de las próximas tres horas, antes de nuestro vuelo a Christchurch. El primero, es dejar a parte del grupo en el aeropuerto doméstico para que adelanten el check-in. Mientras tanto, el resto va por el aeropuerto internacional en búsqueda de la valija de Ceci, vuelve al aeropuerto doméstico, hace entrega de la van alquilada y se reúne con los demás para tomar el avión. Todo se logró, pero con un percance. Cuando nos entregaron el vehículo, la rentadora nos dio una hoja A4 con detalles importantes, el principal resaltado en amarillo: las indicaciones para la devolución y ubicación del buzón donde debíamos depositar la llave. Hoja que desapareció en el idilio con las primeras 48 horas de aventura. No logramos llegar al buzón sin ese mapa, así que decidimos dejarla en el estacionamiento del aeropuerto con la llave debajo de la alfombra del asiento del conductor, tomar el avión y llamar desde Christchurch para explicar lo sucedido. La persona que nos atendió no dio crédito ante tal proceder, pero para nosotros lo importante era validar que la camioneta había quedado donde la dejamos y que no la habían robado. Sensación que un neozelandés tampoco entendería. En esa sociedad no existe la desconfianza hacia el otro. ¿Por qué alguien se llevaría una camioneta que no es suya?
En la isla sur, nos esperaba una nueva aventura: recorrerla en motorhome. El deslumbre ante el despliegue de la naturaleza era tal por parte de todo el grupo, que cuando llegamos al Lago Wanaka, armamos un picnic para el almuerzo y colocamos las once sillas en fila mirando el lago. Entre mates, cervezas y refuerzos (fiambre y queso entre dos panes) conversábamos y contemplábamos las montañas sobre el horizonte de agua. Una pareja de adultos mayores que caminaba por allí se nos acerca:
- “May I ask what you are looking at?”
- “The beautiful view we have of the lake"
Nuestra respuesta fue automática y prácticamente al unísono. La pareja volteó la vista hacia el lago y mirándonos nuevamente, nos esbozó una sonrisa antes de seguir su camino. Es loco como las personas nos acostumbramos tanto a lo que tenemos en frente todos los días, que perdemos la capacidad de apreciarlo una y otra vez. Retomé mi contemplación del Wanaka y disfruté de la brisa fría pegando en mi cara. La misma que ondulaba el agua del lago que me encandilaba por el reflejo del sol de mediodía.
Atrás había quedado Nueva Zelanda y Sydney la noche que arribamos a Bali. Descubrimos que el tránsito allí es de esos que se rigen por las famosas “leyes de la selva”. Que los monos son grandes habilidosos cuando de robar comida se trata. Y que en “Gili T”, como la llaman ellos, no circulan vehículos, pero la recorres en bici en menos de una hora. Fue también donde aprendimos nuestra primera frase en un idioma que no fuera inglés: Terima kasih – gracias. A partir de ese momento, ante cualquier intercambio o conversación con una persona local, no dudábamos en usarla. Sentíamos que era una forma de ser más cercanos, de crear una conexión real.
A esta altura del viaje, nadie había tomado dimensión de que esto era tan solo el comienzo. Todos estábamos con la sensación de cuando te vas quince días de vacaciones y pronto te toca volver la rutina. Y como buenas vacaciones los momentos de diversión no faltaban. El Universal Studios de Singapur nos regaló uno de ellos. Después de una hora de fila para visitar, según creíamos, un parque temático egipcio, nos dimos cuenta de que en realidad estábamos a punto de subir a una montaña rusa en total oscuridad. Noticia que no resultó nada divertida para mi amiga Vale, que odia las montañas rusas. Diez años después tengo grabada su cara de pánico con ojos desencajados frente a la desesperación de no poder evitar tal situación. Había una sola salida y era luego de atravesar el juego. La adrenalina fue tanta, que, a partir de ese momento, me empezaron a gustar los parques de diversiones. Fue desesperante y divertido a la vez ir a toda velocidad sin poder anticipar lo que venía. Solo restaba soltar el control y gritar la euforia. Lo mismo que estaba empezando a hacer con toda esta gran aventura.
Singapur fue la antesala perfecta para el siguiente destino: Japón. Luego de viajar prácticamente durante el día entero, estábamos en Tokio. La llegada a la noche solo dio para chequear el clima y reorganizar el itinerario dándole prioridad al Mount Fuji. Ante una bienaventurada visita, tuvimos el privilegio de ver los últimos cerezos en flor encuadrando al Monte Fuji en el cielo despejado. La buena suerte no quedó allí. De regreso al hostel, mientras descansábamos las piernas del largo día sentados en las butacas del subte, nuestro desaforado español fue interrumpido:
- “Are you part of a sports team?”
Una muchacha joven de sonrisa grande y su atuendo de oficina observaba con intriga nuestros uniformes tras sus lentes de marco negro y grueso. Cada grupo de viaje diseña y entrega un conjunto de prendas a cada participante, el cual tiene estampado el logo de la generación. Yako, quedó impresionada de nuestra historia sobre el por qué estábamos en Japón. Decidió bajarse antes de su parada para seguir conversando con nosotros mientras caminábamos por las calles de Tokio. En el medio del camino, nos propuso visitar el templo Senso-ji y realizar el ritual omikuji para consultar por nuestra suerte. Bajo su guía, cada uno sacudió una caja cilíndrica hasta que salió un palito con un número, con el cual buscamos la cajita correspondiente y allí encontramos el papel que predecía nuestra suerte. El ritual dice que, si es buena, debes conservar el papel. Si es mala, debes atarlo en el templo para que la mala suerte se disipe. Mi papel lo conservo en mi casa a la vista. Cada vez que lo observo y leo, revivo aquella noche fría en las calles de Tokio en la que terminamos los once abrazados a Yako, con los ojos vidriosos de gratitud. ¿Por qué alguien luego de su extensa jornada laboral, pudiendo llegar a casa temprano para cenar algo calentito y descansar, optaría por pasar más de dos horas con un grupo de jóvenes desconocidos? Es el fuerte sentido de servicio de la cultura japonesa. Ellos se enfocan en el por qué y para qué, de lo que hacen. La motivación pasa por el efecto que causan en otro, en la sociedad o el bien común. Yako fue la encarnación de la cultura Omotenashi, esa que se anticipa a las necesidades del otro antes de que puedan ser expresadas, con una hospitalidad que abriga y que está atenta a cada detalle para que la experiencia sea memorable. Y sí que lo fue. Este encuentro inesperado nos demostró que las mejores experiencias muchas veces no están en la ruta planeada y que estar abiertos a lo que el camino nos presenta puede regalarnos grandes momentos.
Habíamos inventado un parámetro propio para evaluar la satisfacción sobre los hospedajes: la densidad del colchón. Nueva Zelanda se había llevado un 8, el hostel de Sydney había quedado con un tímido 7, ya Bali y Singapur habían escalado a un maravilloso 9. Pero en la última noche en Japón, el promedio cayó a pique cuando decidimos dormir en los pasillos del aeropuerto esperando nuestro vuelo a China. Nada que un camping con ingenio, mates de por medio y charlas reflexivas, no solucionaran.
Llegar a China por primera vez, luego de haber visitado Japón también por primera vez, fue un gran shock. Países muy cercanos, pero con culturas antagónicas. Mientras que en Japón prevalece el orden y el servicio, en China se requiere de mucha supervivencia e intuición. La recorrimos con un papel en mano donde estaba escrito en chino la dirección del hospedaje. Precaución que no alcanzó cuando a las diez de la noche un taxista, luego de hacer dos cuadras, frenó e impetuosamente con golpes al auto, ademanes efusivos y palabras que no entendíamos, nos hizo bajar. Es de noche, no tengo idea dónde estoy, tengo miedo y no sé cómo volver al lugar donde me hospedo. La desesperación también atraviesa el cuerpo de mis amigas. El bloqueo que esa situación me generó hizo que no tenga recuerdos de cómo logramos volver. Mi siguiente imagen de ese día es estar caminando por un supermercado, intentando encontrar algo que se asemeje a una comida conocida. La impotencia estaba a flor de piel: no lograba resolver cómo comunicarme. Nadie habla inglés, a nadie le interesa tratar de entenderte y los carteles solo están en el idioma local. Sin éxito para encontrar algo que oficie de cena, frustradas, enojadas y con hambre pedíamos a gritos irnos de ese país. Pero los desafíos no iban a terminar esa noche. En Shangái, tuve la oportunidad de hospedarme en el campus de la universidad donde se desarrolló uno de los cursos académicos. La primera mañana recibimos como desayuno un huevo duro sin pelar, un sachet de leche, un choclo hervido y un omelette desbordante de aceite, sueltos dentro de una bolsa de nylon transparente. La primera hora que debió impartirse el curso, fue un tanto caótica, ya que se destinó a desarrollar las quejas (muy duras a mi parecer) sobre el desayuno. Hoy tantos años después, veo el gesto de la comunidad en tratar de adaptar la primera comida del día a la cultura occidental y lo desagradecidos que fuimos. Eso también es lo grandioso de descubrir el mundo: enfrentarse a situaciones que te sacan de la zona de confort y te desafían a transformarte. A apreciar la diversidad cultural de la humanidad. A comprender que somos una ínfima parte del planeta. Cómo enfrentamos los retos del camino, es parte determinante de la vivencia del recorrido. Hoy en día, con un traductor online en el celular, la posibilidad de acceder instantáneamente a los mapas y con otra madurez para viajar, sin dudas China sería otro viaje. De hecho, quiero volver, aunque diez años atrás haya querido huir de allí.
Hong Kong fue un pestañeo y, sin escalas, estábamos sumergiéndonos en las aguas más cristalinas que he visto en mi vida: las Filipinas. Le siguieron unas caóticas conexiones entre Manila – Hong Kong – Hanoi donde la madurez del grupo salió a la luz al manejar toda la situación con éxito a pesar del stress que nos causó. Vietnam, casi en un acto psico mágico, nos recibió con una hospitalidad que disipó todo mal trago atravesado. Recuerdo abrazar esa calidez, como cuando te hundes en el pecho de la otra persona resguardándote y sintiendo el calor humano. Al caminar por las calles de Hanoi logré entender este sentido de hogar tan instalado en la sociedad vietnamita. Las veredas están repletas de mesitas y sillas pequeñas donde se comparte la comida recién elaborada, a la vez que se atiende el local de comida callejera que funciona ahí mismo. También fuimos sorprendidos por la inmensa cantidad de motos que circulan en su inadmisible desorden pero que en realidad termina siendo un orden en sí mismo. Acá el desafío fue: aprender a cruzar la calle como un verdadero vietnamita. El secreto, paso decidido y firme. No hay lugar para la duda en el tránsito de Vietnam, una vez que decides entrar en él entonces toma tu lugar y mantente firme en el camino. Lo que resultó ser una de las grandes enseñanzas de este lugar.
Cuando creí que mi capacidad de asombro se había agotado, Camboya apareció para tirar abajo esa teoría. Uno de los días por Siem Reap, comenzó en la madrugada. Caminábamos en la oscuridad cuando el guía nos indicó sentarnos sobre la superficie fría para esperar la magia. Lentamente la silueta del Angkor Wat se empezó a divisar, y los bajorrelieves tallados directamente en la piedra se iban descubriendo a medida que el sol se elevaba. Aquí terminé de encontrarle sentido a aquel consejo que le habían dado a Ceci, y que ella inocentemente compartió con el grupo antes de partir: “Cuando llegues a cada lugar, toma fotos sí, pero sobre todo tomate sí o sí cinco minutos para estar presente y observar dónde estás.”
Esa recomendación había quedado rondando en mi mente y ese día me apropié de ella. Doy fe que es de los mejores consejos que he seguido y que replico. Porque la memoria del alma jamás olvida, pero ella solo se alimenta de la presencia.
Tras una extensa estadía en Tailandia, por la imposibilidad de visitar Nepal ante el fatal terremoto que sacudió a esa comunidad en 2015, llegamos a la India. Si había un lugar que deseaba conocer con todo mi ser, era el Taj Mahal. Me enamoré de este monumento cuando con ocho años leía una revista escolar y me topé con su impactante imagen. El scrolleo analógico se detuvo para leer atentamente su historia y enamorarme aún más. Mumtaz Mahal falleció dando a luz al decimocuarto hijo del emperador mogol Shah Jahan y este quedó devastado. En el afán por mantener presente a su esposa favorita, creó el Taj Mahal: “La corona del palacio”. Taj proviene del persa y significa corona. Mahal, el nombre de su esposa, que a su vez significa palacio. Timeri N. Murari, en su libro “Taj: A Story of Mughal India”, interpretó el sentir y deseo de Shah Jahan en este gran fragmento:
“I will build her a tomb such as the world has never seen, so that her memory will live as long as the sun and the moon endure.”
El día de la visita, repasaba esta historia mientras seguía descubriendo rincones del lugar, y pensaba si alguna vez podría volver a visitarlo. Lo loco es que no existía chance alguna de que yo tan siquiera divagara con la idea de conocerlo, mientras hojeaba aquella revista en mi niñez. Y dieciséis años después, mientras paseaba por el mármol blanco e inmaculado del Taj Mahal, mi ambición rogaba por volver algún día. La inmensidad del edificio, lejos de asustarme, me fascinaba. Caminé lento por la larga pasarela con su fuente de agua en el medio y su jardín perfectamente mantenido. Quería detener el tiempo, que la atmósfera del lugar se me impregnara en la piel para no olvidarlo jamás. Largas filas esperaban por entrar al mausoleo mientras yo observaba el conjunto amurallado de edificios bajo el arco de uno de ellos. Aquí sí tuve la certeza de que ya no era aquella Florencia que subió al avión 86 días atrás. India terminó de abrir mis ojos, mi corazón y mi alma.
A esta altura del viaje, ya nos habíamos integrado al grupo entero y al llamado itinerario “académico”. Esto tenía dos lecturas: la primera, nos liberábamos de la tarea diaria de revisar itinerarios, chequear datos de transportes, hospedajes, de tomar decisiones sobre qué priorizar y qué descartar. La segunda, quedábamos atados a los ritmos intensos, rígidos y ambiciosos. Como lo fue el itinerario de India.
Amanecer durante varios días antes que el sol, dormir infinidad de horas en todo tipo de transportes y caminar largas distancias por templos bajo el calor húmedo del país decantó en un cansancio profundo. Un cansancio que provocó amnesia. Me doy cuenta porque al repasar el itinerario establecido para aquellos días, muchos de esos trayectos, no los recuerdo. Por suerte, las fotos dan un empujón a mi memoria. Pero me invade la nostalgia y se me oprime el pecho al darme cuenta de que no tengo registros sensoriales de muchos lugares y momentos vividos durante aquellos nueve días. La ambición de recorrer distancias enormes en poco tiempo nos arrebató la presencia.
Afortunadamente, en medio de ese ajetreado itinerario, algo me hizo frenar. Fue como si me tomaran de los hombros y me sacudieran, dejándome en evidencia que tenía dos opciones: una, tachar del mapa este país haciendo alarde de mi visita desde un ómnibus con aire acondicionado y hoteles cinco estrellas. Dos, sumergirme en ella para ver su realidad, oír sobre su fe y sentirla a través de sus condimentos que te despiertan cada parte del cuerpo. Y eso hice.
En la única noche que pasamos en Varanasi, nos reunimos en la puerta del hotel para ir en grupo a la ceremonia Ganga Aarti. Sin atajos cómodos ni observando de lejos, sino caminando por las calles con su gente. Formábamos una cadena humana. Nuestras manos agarradas. Mirábamos constantemente hacia adelante y hacia atrás, como cuando las maestras sacan de excursión a sus alumnos y corroboran que todos sigan en la fila. Nuestros hombros esquivaban otros tantos, dado el poco espacio para trasladarse por la calle. Las conversaciones hindi de la muchedumbre, el miedo de perder de vista al grupo, las vacas que descansaban en el medio del camino, el ritmo de la caminata, el aroma de las especias que se te introducía por la nariz. Todo me ponía en estado de alerta, no por supervivencia, sino por presencia. Un atajo por entre medio de casas oscuras con telas oficiando de puertas y ocupantes descansando sobre el piso de tierra, mientras sus niños corrían de una casa a la otra, nos llevó a desembocar a las orillas del Ganges.
Lugar en el que cada atardecer hay un nuevo ritual. Entre mantras en sánscrito, música y el sonido de las campanas, se divisaban a los elegidos para dirigir esta ceremonia sobre las ghats, escalinatas. Danzaban al ritmo alegre de los cánticos mientras sostenían y balanceaban cual péndulo unas lámparas grandes llenas de aceite encendido que desprendían humo, el cual se integraba al baile. El Ganga Aarti honra el fuego mediante las lámparas, el aire con las campanas, la tierra con las flores y el éter con la presencia, buscando la purificación y la vida. Se acercaron personas a compartirnos sus elementos para entregar al Ganges en modo de ofrenda y no dudamos en ser parte de la ceremonia en vez de meros espectadores. Sosteniendo en la palma de mis manos flores y una vela encendida, me acerqué a la orilla. El río alcanzó mis rodillas y la ofrenda se alejó lentamente. Al levantar la mirada, un sij sumergido hasta la cintura me extendía su mano y me hablaba. Sin entender sus palabras, mis ojos se perdieron en su mirada profunda. Esa imagen vive en mí, porque no permití que la urgencia me robara la sensación de sentirme allí.
Cuatro destinos más quedaban por delante luego del despertar que experimenté en la India. Debo confesar que, si bien hubo “un click” en ese momento, el real proceso interno se produjo tiempo después. Mi cuerpo lo había atravesado, pero mi mente aún no lo había procesado. Más bien yo no le había dado el espacio ni el tiempo para que eso sucediera. Fue recién cuando volví a Uruguay y pasaron los días, que comprendí el cambio que estaba viviendo. Recuerdo sentirme extraña los primeros días a mi regreso. Debía volver a una rutina que se mantuvo intacta, siendo otra persona y eso me incomodaba.
Salí de viaje creyendo que me traería fotos y recuerdos, sin sospecha alguna de que en realidad volvería con otra mirada, con una mente más crítica y con la curiosidad exaltada.
Al principio pensé que las sensaciones se vinculaban a la pereza de volver a trabajar luego de cuatro meses de vacaciones. Pero fueron los años, las diferentes circunstancias de la vida y el crecer, las que me terminaron de revelar todo lo que esa experiencia me había atravesado y el gran portal que significó para mí.
Se podría pensar que la práctica de estar presente durante un viaje resultaba más fácil hace diez años atrás. Porque viajábamos con un mapa de papel y cámaras colgando del cuello. El celular quedaba olvidado en la valija, luego de avisar a la familia que seguías vivo del otro lado del mundo, porque el wifi era un lujo por el cual, la mayoría de las veces había que pagar. Sin embargo, hoy queremos dejar todo registrado inmediatamente y observamos por la pantalla del celular lo que en realidad tenemos frente a los ojos. Aun así, estar presente siempre ha sido una decisión. La consciencia plena es arrebatada constantemente por cualquier estímulo que tengamos a mano, pero los responsables por volver al momento siempre somos nosotros. Ese es el gran aprendizaje que he tenido con los viajes. Si no elijo conscientemente estar ahí, me pierdo de la experiencia. Me queda la foto, ¿pero de qué vale eso si no recuerdo lo que sentí al estar allí? Cuando registro las sensaciones que recorren mi cuerpo, el recuerdo es para siempre. Y esto es una premisa que trato de reproducir a diario. Desde el mate que me tomo a la mañana, los paseos que doy por el barrio con mi perra o ese encuentro con amigas para ponernos al día. También en momentos que se planifican durante mucho tiempo y finalmente llegan. Como por ejemplo mi viaje a México en 2022. Pandemia de por medio y a cinco años de mi último viaje, nuevamente un domingo nublado, me subí a un avión. Mi amiga la que aún odia las montañas rusas se había mudado a Ciudad de México y allá fui a su encuentro. Vivimos juntas algo con lo que las dos soñábamos: el día de muertos en Michoacán. Cuando llegó el día de regresar a Uruguay, abrazadas por la emoción de la despedida, me dijo: “No me doy cuenta si se me pasó lento o muy rápido”. A lo que respondí: “Ni lento, ni rápido. Fue el tiempo que fue”. En ese instante volví a tener la epifanía de lo sagrado que es estar presente. Se me infló el pecho de orgullo y felicidad al darme cuenta de que esta nueva Florencia ya tenía un poquito más incorporada esa práctica. No necesité de recordatorios constantes para hacer el ritual de habitar el momento, sino que poco a poco ya era parte de mí. De mi forma de viajar. De mi forma de vivir. De todas formas, me resulta inevitable ante un nuevo viaje, que venga a mi mente aquel consejo que le robé a Ceci:
“Cuando llegues a cada lugar, toma fotos sí, pero sobre todo tomate sí o sí cinco minutos para estar presente y observar dónde estás”.
Cada viaje me moviliza, me acerca a mi versión más auténtica y mi pasión por conocer todos los rincones de este mundo incrementa. Cuando planeo un nuevo destino, trato de hacerlo desde la postura de viajera y no de turista. Ya no me interesa tener un check-list taxativo de lugares a visitar, no negocio con itinerarios ambiciosos, ni descarto rincones escondidos. Porque cuando piso un nuevo lugar, me inundan las ganas de conocer su cultura, de hacer planes que me acercan más a la gente local y de ser posible, dejar lugar al imprevisto. He descubierto que el viajero tiene un gran poder, el de expandir las voces. El de ser eco de aquellos lugares que quizás pasan desapercibidos pero que son los que te muestran la esencia más auténtica. Porque en cada lugar siempre hay algo nuevo por descubrir mientras sigan existiendo miradas viajeras dispuestas a observar para sentir.
De mis grandes descubrimientos para fortalecer la práctica de la presencia, fue incorporar una bitácora de viajes. Hoy no concibo viajar sin tener un registro escrito de lo que atravieso. Es la manera que encontré, junto con la fotografía, para terminar de inmortalizar lo vivido y por si acaso, sacarle ventaja al olvido. Es un ancla poderosa para teletransportarme. Como lo han sido el papel japonés de la suerte, el sticker de la virgen y tantos otros objetos cargados de emociones. En el mismo sentido, es lindo releer esas páginas tiempo después, y reencontrarme con mis diferentes versiones. Repasar mis procesos como viajera, los que comenzaron con aquel primer despegue cuando el sol me encandiló sorpresivamente al atravesar las nubes. Ahora puedo ver, que fue ese el primer llamado de atención que hizo la presencia en mí. Porque cada vez que vuelvo a volar en un día nublado, espero atravesar ese portal con las mismas ansias que una niña tiene al esperar la Navidad. Ese momento revive el cosquilleo adrenalínico que se me esparce por el cuerpo. El mismo que experimentó aquella Florencia que subía por primera vez a un avión.
Viajar nos hace crecer, si es que nos permitimos ser atravesados por la experiencia.
📍Montevideo, 22 de Marzo de 2015
📍Nueva Zelanda, 29 de Marzo de 2015
📍Australia, 6 de Abril de 2015
📍Indonesia, 8 de Abril de 2015
📍Singapur, 15 de Abril de 2015
📍Japón, 22 de Abril de 2015
📍China, 24 de Abril de 2015
📍Filipinas, 9 de Mayo de 2015
📍Vietnam, 15 de Mayo de 2015
📍Camboya, 22 de Mayo de 2015
📍Tailandia, 7 de Junio de 2015
📍India, 17 de Junio de 2015
📍Emiratos Àrabes Unidos, 25 de Junio de 2015
📍Egipto, 4 de Julio de 2015
📍Turquia, 14 de Julio de 2015
📍Grecia, 24 de Julio de 2015

