Salir de la estación de tren y ver la Fontaine Pradier envuelta por el ocre del atardecer, justo al fondo de una pasarela de árboles que la enmarcan y relajarme con el sonido del agua al correr. Una postal mental que me teletransporta a Nîmes.

Luego de las treinta y seis horas en esta estética, ordenada y armónica ciudad, tocaba seguir camino hacia nuestro próximo destino: Le Vigan. Para nuestra suerte, esta vez, el chofer del ómnibus nos permitió subir con Numa.

Este fue el último voluntariado que confirmamos antes de salir de Uruguay. No tenía referencias de voluntarios anteriores, pero nos resultaba interesante conocer a un artista que estaba en pleno armado de su atelier en Francia. Unos días antes de la fecha de inicio, recibimos un mensaje, el cual en resumidas palabras decía: “no les recomiendo este voluntariado”. Decidimos seguir adelante porque ya estábamos cerca de la fecha y porque esto, más allá de un intercambio de intereses, es un intercambio entre personas. Y eso hace que cada vínculo tenga su propia forma.

Nuestro anfitrión es un señor australiano que ha decidido vivir desde hace algunos años en eterno verano. De octubre a abril en el hemisferio sur natal, de mayo a setiembre en el hemisferio norte más precisamente, en el sur de Francia. 

Conoció la zona gracias a su trabajo y se enamoró de Le Vigan al instante de visitarlo. Cuando vio la oportunidad de comprar una casa allí, no lo dudó. Tiempo después, supo que la casa que estaba pegada, también se vendía. Así que decidió probar suerte ofertando la mitad del precio y el destino jugó a su favor.

Ingeniero de profesión y artista desde muy joven. Inspirado por su padre, un gran pintor según nos contó, encontró en la pintura su primera forma de acercarse al arte. Sin embargo, en determinado momento de su vida supo que su pasión eran las esculturas. Entonces, se dedicó a moldear y tallar con sus manos la madera. Sus obras artísticas han sido parte de colecciones en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Rusia, Alemania, Japón y Australia.

Mientras tomaba su cerveza y armaba su tabaco, nos explicaba, en tono amable, distante y concreto, la dinámica de la semana. Mi compañero y yo, escuchábamos y asentíamos amablemente. Dos reglas: la primera, Numa no podía entrar a la casa que él habita, la segunda debíamos hacernos cargo de nuestras bebidas. Con los puntos claros y siguiendo sus pasos, nos fuimos a su casa.

Las calles angostas, en sombra total gracias a la altura de las construcciones medievales, nos resguardaban del calor. Podía sentir el fresco que salía de las casas si justo pasaba por alguna que tuviera la puerta abierta. No por sus aires acondicionados, porque no hay uno en todo el pueblo, sino gracias a sus construcciones.

Le Vigan es una villa de no más de cuatro mil habitantes, bohemia y donde se respira arte. Sus habitantes simpáticos y cálidos no dudaban en sonreírme y soltarme un “Bonjour” cuando los cruzaba por la calle.

Una casa habitada y habitable, otra casa en obras. Nuestra habitación, en el segundo piso de la segunda.

Al grito de “NO” al unísono por parte de todos los seres humanos que estábamos en el mismo espacio, Numa entendió perfectamente qué puerta no podía atravesar. Y con eso, se ganó el corazón de nuestro anfitrión que no dejó de llenarla de mimos y llamarla “my love” durante toda la estadía.

Era sábado, alrededor de las tres de la tarde:

- “You're free today! It's good for a walk next to the river” nos dijo.

Así que dejamos nuestras cosas en el refugio de obra que era nuestra habitación y salimos. El recorrido de aquella tarde se convirtió en nuestro ritual de cada día. Caminar por un túnel verde con el río a nuestra izquierda y llegar a la catarata inmensa que deja todo su caudal en una piscina verde esmeralda. El L'Arre fue nuestro oasis para esa semana en la que la temperatura se mantuvo cerca de los cuarenta grados. Un río de agua fría que atraviesa el pueblo y el punto de encuentro para aquellos niños y niñas para los que dormir la siesta no es un buen plan en sus vacaciones de verano. Imagen que me trasladó a los veranos de mi infancia. Esa hora donde no había un alma en la calle porque el vapor del verano te cocinaba, pero salíamos en bici con mi amiga de la escuela y pasábamos la tarde en la piscina del pueblo. De la que no salíamos hasta que no quedaba un dedo sin arrugas.

El domingo amanecimos y cuando bajamos al patio que conecta ambas casas, él ya estaba sentado allí con su café y un croissant.

Nuestras jornadas de trabajo debían ser de cinco horas, pero ese día había un evento especial en el pueblo, y en todo el país. Para celebrar el día más largo del año, Francia creó la “Fête de la Musique”. Al aire libre y de carácter gratuito, cada rincón del país sale a disfrutar de la música en su ciudad. Músicos profesionales, amateurs y quien se anime, organiza espectáculos espontáneos por cada plaza, bar o calle.  

Así que después de dos o tres horas de lijar unas paredes nos ordenó parar y salir a disfrutar del festival.

Para ducharnos, necesitábamos entrar a la casa donde él vive, así que cuando fui a pasar, luego de pedirle permiso, me dice:

- “I won't be here when you're ready”

- “of course, no problem” respondí

Definitivamente, en nuestro afán de cumplir y “terminar” lo que estábamos haciendo, lo estábamos demorando. Y él quería estar puntual a las doce del mediodía en el bar donde tocaban sus amigos.

No lo vimos más en todo el día. ¿Debíamos buscarlo por el pueblo para pasar un rato con él? ¿Estaría bien hacer planes independientes y simplemente vernos al otro día para la nueva jornada laboral?

Veníamos de una experiencia donde la anfitriona buscaba intencionalmente disfrutar de su tiempo con los voluntarios. Pero todas las personas somos diferentes. No buscábamos tener un paso por allí en modo de hotel. Al menos, queríamos dejar claro que no era esa nuestra intención. Decidimos ser pacientes y evaluar cómo se desarrollaba todo en los próximos días.

Mientras tanto, disfrutando de la música que atravesaba las calles de Le Vigan, hice una apreciación sobre la población que me llamó mucho la atención. En lo que recorríamos los diferentes escenarios distribuidos en el pueblo, me percaté que era la única persona que tenía el celular en la mano. Nadie sacaba fotos, nadie filmaba, nadie mandaba mensajes o revisaba redes mientras estaba en ronda. Prácticamente no veías celulares. Alguno muy aislado y boca abajo sobre la mesa. Todas las personas presentes, observando y escuchando a quien cantaba. Observando y escuchando a la persona con la que conversaba. Me dediqué toda la semana a seguir observando ese fenómeno y definitivamente, el celular no ha tomado a Le Vigan. Desde los más jóvenes a los más adultos. Cada grupo con el que me crucé mantenía un intercambio presente. Sin el filtro de la pantalla. Me pareció alucinante. Me había olvidado cómo nos vemos sin el celular como extensión del cuerpo.

Entrada la tarde, nos deleitábamos con unas delicatessen de la pastelería francesa cuando vemos pasar a nuestro anfitrión en dirección a su casa. Así que, en plan de generar un falso encuentro casual, decidimos ir también hacia allí para hacer una evaluación de la situación que tanto nos preocupaba. Sentado en el patio, cenando su ensalada de todos los días, nos hizo un par de comentarios sobre el festival y enseguida volvió al ruedo de la música. Así que nosotros decidimos ir por el mismo camino.

Los días fueron transcurriendo y poco a poco fuimos generando y ganando los espacios de intercambio con él. Un hombre solitario, de pocas palabras, sensible y exigente con sus espacios personales. No fue tarea sencilla descifrarlo.

Tengo un compañero, que, a diferencia de mí, es muy buen generador de conversaciones. A veces pienso, ¿Qué hubiese pasado si yo llegaba sola a este voluntariado? La cuestión es que luego de atravesar varios momentos donde pensé que él iba a decir algo así como “Could you stop talking, please?” cuando Lea insistía en sacarle conversación, algo sucedió. Sin darme cuenta, estábamos los tres involucrados en una charla profunda, cuando de repente nos dice “wait, I will show you something special” y ahí lo supe. Habíamos atravesado la barrera.

De ahí en más, las charlas existenciales, las historias sobre su juventud, sus consejos, sus pensamientos, no pararon de aparecer. Ahora ya sabíamos leerlo. Habíamos generado una rutina que nos permitía a los tres estar cómodos, ser genuinos en el encuentro. Y los puntos en común resultaron ser muchos más de los que creíamos.

Antes de que esta aventura comenzara una de las tantas cosas que me repetía a diario era:

“Ser flexible será clave para este nuevo camino”

He sido una persona que se adaptaba demasiado a los entornos y personas. Tanto que ser “tan flexible” se convirtió en un problema, porque en esa adaptación me disolvía, me perdía. Hasta que entendí que ser flexible, no tenía que significar traicionarme a mí misma. Sino que podía adaptarme, respetando mis límites. Y este voluntariado me lo recordó. Me puso frente a una persona que fue mi espejo. Con la que simplemente fui paciente, flexible y supe respetar sus límites, poniendo sobre la mesa también los míos. Lo que me trajo la respuesta a la pregunta de: ¿qué hubiese pasado si yo llegaba sola a este voluntariado? La verdad es que no lo sé, porque no sucedió así, pero yo creo que nos hubiésemos entendido muy bien. Y que ambos hubiésemos encontrado la forma de atravesar nuestras barreras. Con paciencia y con presencia.

Me alegra haberme dado la oportunidad de conocer a este hombre de ochenta y dos años, que aún en su avanzada edad sigue buscando y trabajando por aquello que lo hace sentir vivo. Me alegra haber estado abierta a experimentar por mí misma cómo era compartir tiempo con él. Porque podría haber tomado aquel mensaje que recibimos como la verdad absoluta y no correr riesgos, pero ¿cómo me vinculo sin tomar riesgos?

No puedo dejar de mencionar que además estaba en una situación segura para hacerlo: no viajaba sola, tenía plata por si necesitaba irme antes de tiempo. Y eso también es parte de vincularse para mí, tener la seguridad y tranquilidad de poder irme cuando quiera.

La semana en Le Vigan se sintió como un mes. No por pesada, sino por el nivel de presencia que exigió, el que a la vez disfruté. Todo me hacía bajar a tierra constantemente, prestar atención a lo que estaba sucediendo en el momento, atender a quién tenía en frente para poder leerlo. Básicamente, me dejé atrapar por la esencia de Le Vigan y su gente, por su capacidad de habitar los momentos.

Una vez más tocaba despedirme justo en ese momento donde todo fluía con mucha facilidad. Justo cuando todo empezaba a serme familiar. “I will miss her” nos dijo mientras acariciaba a Numa. “And I will miss you guys” nos soltó justo antes de darnos aquel abrazo que me quedará como otra postal mental.

  • Para el voluntariado apliqué por Worldpackers y con el código LAPIPIA13 tenés un descuento en tu membresía 😉

  • Todas las fotos de la experiencia las encontras en mi instagram 🙂

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